Se nace con un temperamento, esto es genético. Luego vamos construyendo una personalidad con la cual nos identificamos; esta es muy útil para relacionarnos con el entorno.
Pasa el tiempo y ese “yo” ya no es automático: reaccionamos frente a lo que percibimos. O sea: somos lo que pensamos.
Es tiempo de acceder a otro entramado sobre nosotros mismos. Buscar en nuestro inconsciente nos permite descubrir recursos abandonados, inexperimentados, negados. Todos ellos: grandes riquezas; algunos amables, otros monstruosos, que al mirarlos de frente desvanecen su apariencia, regalándonos sus dones.
Así es el viaje al inconsciente. Un desafío del alma humana y una amenaza para ese “tirano” que nos gobierna.
El turismo espiritual es el viaje más arquetípico de nuestro ser; es el boleto a un nuevo mundo. Los tesoros que emergen al observarnos nos liberan de los “yos” del ego.
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